Durante los meses fríos es más fácil observar a los petirrojos y me atrevería a decir incluso que son mucho más atrevidos y cercanos. Este que aquí os acerco estuvo un buen rato conmigo. La foto no es gran cosa, pero el momento fue mágico.

Las creencias populares nos presentan a los petirrojos como portadores de buena suerte y nos cuentan que su visita anuncia cambios positivos en nuestras vidas. También es una creencia común que la aparición de un petirrojo es una señal de que el alma de un difunto está velando por nosotros.
Muchas leyendas explican el color rojo anaranjado de su plumaje. La versión cristiana cuenta que cuando Jesús estaba en la cruz, un petirrojo se le acercó para intentar arrancar una de las espinas y se manchó el pecho con la sangre que tiñó sus plumas de color rojizo.
En mi tierra, el País Vasco, al petirrojo lo llamamos «txantxangorri» y es todo un símbolo al que tenemos especial cariño; una antigua leyenda vasca cuenta que el diablo (Etsai) construyó un caserío en el que por las noches con música y risas lograba atraer a montañeros y curiosos y que al llegar allí los clavaba al suelo con clavos para que no pudieran huir y entonces les robaba sus almas. Cuentan que Amalur (la madretierra) se dio cuenta y decidió ir a ponerle remedio. Una fría y oscura noche encontró el caserío de Etsai e hizo un fuego para poder orientarse. Mientras Amalur quitaba los clavos que retenían a las almas atrapadas, Etsai arrojó sobre la hoguera su manto para apagarla con la intención de desorientar a Amalur. Sería entonces cuando un pequeño txantxangorri soplando la brasa mostró el camino a Amalur hasta el lugar donde había hecho el fuego. El plumaje de su pecho quedaría teñido del color del fuego para recordar su valentía.
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