Los orígenes del manzano son tan antiguos que se pierden en la noche de los tiempos, y la información sobre su diferenciación y propagación suele ser imprecisa. Aunque los primeros vestigios del consumo humano de manzanas se hallaron en asentamientos neolíticos europeos, la primera especie se cree que fue originaria de Asia central.
La historia de la manzana siempre ha estado ligada a grandes mitos y leyendas. Una manzana fue la que desató la famosa Guerra de Troya, pero también la que hizo caer a la bella Blancanieves en un sueño profundo y la que inspiró a Newton en su teoría de la gravedad. Otras antiguas leyendas nos hablan de manzanas capaces de alimentar a un hombre durante meses sin perder su tamaño y de otras doradas que otorgaban profunda sabiduría y juventud eterna.
No sé si hoy en día podemos decir tanto, pero lo que si esta claro es que es un poderoso alimento – medicina con el que cuidar nuestra salud como bien nos dice el refrán “una manzana al día, mantiene al médico en la lejanía”. La manzana contiene pectina (fibra soluble) y celulosa (fibra insoluble). Si se come cruda y con piel, estimula el movimiento intestinal y combate el estreñimiento, mientras que si la consumimos pelada, rallada o cocida, la pectina se concentra y actúa de forma astringente, absorbiendo agua y ayudando a frenar la diarrea. Es una fruta muy adecuada para los diabéticos y personas con colesterol elevado, la citada pectina gelifica en el intestino, retrasando la absorción de grasas y azúcares evitando así los picos drásticos de glucosa en sangre y favoreciendo la reducción de los niveles de LDL. El ácido málico de la manzana estimula la secreción de saliva al morderla, lo que limpia la boca de manera natural y reduce la proliferación de bacterias causantes de la caries. Al mismo tiempo, la manzana es también extremadamente rica en quercetina y flavonoides, antioxidantes que protegen las neuronas frente al estrés oxidativo, combaten el envejecimiento celular y reducen el riesgo de afecciones cardiovasculares. Parece ser que si que nos acerca un poquito a esa ansiada inmortalidad de la que hablaban nuestros antepasados…
El otoño es, por excelencia, la estación de la manzana que nos llega cuando la naturaleza madura y se prepara para el invierno. Nuestros antepasados creían que durante esta transición cósmica el velo entre el mundo de los vivos y el de
los muertos se volvía más fino, permitiendo que los espíritus caminaran entre nosotros, una creencia espiritual que ponía en paralelo la “muerte” de la naturaleza con la de los seres humanos. Con el avance del cristianismo, esta profunda conexión otoñal con el recuerdo de los difuntos y el fin del ciclo vital fue asimilada por la Iglesia al instituir el Día de Todos los Santos el 1 de noviembre y la Conmemoración de los Fieles Difuntos el 2 de noviembre), en un intento de canalizar los antiguos ritos paganos hacia la veneración de los mártires y ancestros. Paralelamente, la evolución cultural y la inmigración transformaron las antiguas tradicionesde Samhain en el Halloween moderno (derivado de All Hallows’ Eve o Víspera de
Todos los Santos), una festividad que, aunque hoy es más comercial y lúdica,conserva intacta la iconografía de este fruto otoñal.
Durante estas antiguas celebraciones otoñales, las manzanas dejaban de ser un alimento ordinario y se convertían en el puente sagrado entre el mundo de los vivos y el de los muertos, dando pie a numerosos rituales espirituales, adivinaciones y juegos tradicionales: al considerarse “alimentos de muertos” se enterraban en la tierra o se dejaban en los altares, y mesas exteriores como un gesto de hospitalidad hacia los espíritus errantes.
Para terminar, os comparto un secreto: si
cortamos una manzana por la mitad de forma transversal (perpendicular al tronco), las semillas dibujan antes nosotros una poderosa una estrella de cinco puntas, un símbolo sagrado de protección divina y de la conexión imperecedera de la vida con la muerte.
Un abrazo y feliz puente amigos silvestres
